Debiera quedar claro que la preservación del patrimonio arquitectónico de Tucumán, no es algo que deba limitarse a evitar las demoliciones. Preservar significa varias otras cosas también. Por ejemplo, cuidar el entorno de los edificios, para que las construcciones en altura no los dejen disminuidos y dañen su percepción. Por ejemplo, nunca debió permitirse la decena de pisos erigidos junto a la Casa de Gobierno, en los años sesenta. Y sería acertado establecer límites de altura en la cuadra de la casa Sucar, a fin de que nuevas construcciones más altas que ella sobre ese tramo, no vayan a afectar la visibilidad del inmueble preservado, en el futuro.
Pero, además, las piezas valiosas de nuestro patrimonio arquitectónico debieran ser mantenidas como corresponde. Esto para evitar que las estropeen los estragos del tiempo y del uso, a la vez que para justificar, en los hechos, ese valor cultural que les atribuimos. Tal requerimiento aparece como algo más que exigible, en el caso de nuestro Palacio de Gobierno.
Iniciada en 1908 y concluida en 1912, la sede de las autoridades edificada en el solar del Cabildo colonial, es el más importante los edificios públicos levantados en Tucumán en el siglo que pasó. Se trata de un verdadero símbolo de la ciudad, que enfrenta un ámbito cargado de historia, como es la plaza Independencia.
Y bien, cualquiera que ingrese actualmente al palacio, puede percibir que, en buena parte del inmueble (y que decir en el subsuelo) se hace urgente una concienzuda reparación.
No solamente se trata de arreglar los pisos, las escaleras, los sanitarios y bastante más, en instalaciones ya más que centenarias y sometidas a un intensísimo trajín cotidiano de público y de empleados. Hay que restaurar un sinnúmero de detalles que van desde las molduras o las puertas y ventanas, hasta los cielorrasos de las oficinas y de las galerías. En la actualidad, sobran en el país los ejemplos de edificios con su misma antigüedad, a los cuales los expertos han devuelto los detalles que caracterizaban su arquitectura.
Ninguna de las administraciones que han pasado por el Palacio de Gobierno de Tucumán, se preocuparon por este tema. Al contrario, toda novedad de que le fueron incorporando, ha sido negativa: más subdivisiones, pinturas inadecuadas en paredes y puertas, roturas para equipos de aire acondicionado en cualquier parte, y un largo etcétera. Es un proceso que alguna vez tiene que ser detenido, abriendo para el palacio esa etapa de revalorización y de cuidado que merece, por su importancia arquitectónica y por su indiscutible representatividad.
Dadas las dimensiones y características que tiene, es obvio decir que la restauración (para la cual debe acudirse, de entrada y en todos los aspectos, a la tarea de expertos) es algo de costo muy significativo. Nos parece que, en primer lugar, tendría que contarse con un minucioso inventario de los requerimientos, que permita calcular la suma necesaria para atenderlos. Y se debiera planificar una restauración por etapas, como manera de aligerar el peso de sus costos sobre el presupuesto provincial. Por cierto que el trabajo debe ser impecable, para que se cumpla realmente la finalidad propuesta.
Es un tema que merece ser tratado con detenimiento por las autoridades de la provincia, en todos sus ángulos, para tomar luego la decisión de encararlo.
Un edificio con la importancia y el significado de la Casa de Gobierno, merece ser rescatado de esa situación de deterioro y descuido que lo afecta desde hace ya muchos años.